A 35 años de la llegada de padre Pedro

El Consejo se orientó, por lo tanto, por dar una respuesta afirmativa y disponible incluso desde el punto de vista organizativo: en poco más de cuatro meses estaba preparada la expedición, con los correspondientes componentes y la fecha de salida. Padre Pedro Scano recibió el encargo de dirigirla, y no necesitó de muchos argumentos para ser convencido. Enseguida se mostró disponible cuando se le comunicó que la misión formaba parte de marco más amplio de expansión de la Congregación y su misión caritativa. El 3 de diciembre de 1983 ya estaba subido al avión, con destino Ciudad de México. Lo acompañaba en su viaje el cohermano padre Giacomo Panaro, con poco más de treinta años y sacerdote desde hacía cuatro años. En cambio Padre Pedro ya había superado los cincuenta y cuatro años de edad y con veintiocho de sacerdocio.

Los inicios de la misión no fueron nada fáciles. En primer lugar, fue necesario poner de acuerdo a los actores en escena: la asociación que nos invitó pedía que los cohermano se dedicasen exclusivamente a la atención de los chicos discapacitados; mientras que la archidiócesis reclamaba una dedicación pastoral en las periferias de la inmensa capital inmersa en una continua expansión; los propios cohermanos, como buenos imitadores del Fundador, quisieron tener la autonomía necesaria para trabajar en cualquier campo que fuese necesario.

Con un poco de tiempo y mucha paciencia se logró encontrar el conveniente equilibrio. La arquidiócesis les confío una parte de la periferia meridional de la megalópolis, en la localidad de Calzada Ermita Iztapalapa, una zona donde en época prehistórica existió un enorme volcán activo, que ahora había sido invadido por la emigración interna, que cada día se instalaba procedente de diversos puntos del país, sin más ley que la de la supervivencia y la del más fuerte. Con la asociación de los padres se convino que, una vez echadas las raíces, y por lo tanto lo antes posible, habríamos realizado juntos una estructura donde acoger a los jóvenes discapacitados. A los cohermano tocó la difícil tarea de buscar algún pequeño lugar donde morar a los pies del volcán y dar a conocer su presencia, pidiendo al párroco poder trabajar pastoralmente en algunas pequeñas capillas donde la parroquia trataba de extender su influencia.

Hoy, a distancia de más de treinta años, nos parece bastante optimista el título dado entonces a nuestra presencia mejicana: "Centro de pastoral vocacional”.

Padre Pedro y padre Santiago iniciaron mucho antes de lo esperado. Enseguida se pusieron a limpiar las calles, a impartir lecciones de higiene doméstica y personal, con la intención de proteger a los más pequeños de enfermedades, mientras enseñaban los elementos básicos de la doctrina cristiana, invitaban a la oración a las pequeñas comunidades, se hicieron amigos de los jóvenes para interesarlos por las necesidades de los demás, dieron consuelo y esperanza a los enfermos, bendijeron la muerte que muy a menudo llegaba por manos violentas.

¡Trabajo de hombres atrevidos! Pero con ritmos que no podían durar demasiado tiempo, especialmente para quien había superado ya los cincuenta. Después de cuarto año de intensa misión, en 1987, padre Pedro sintió la necesidad de hacer un alto para restablecer la salud física y el equilibrio espiritual. Tras regresar a Italia, se retiró a Roma a la parroquia de Valle Aurelia, zona integrada en el tejido urbano pero con una fuerte connotación de periferia social y humana, para no alejarse demasiado del contexto donde hasta ese momento había empleado sus energías y a donde deseaba volver lo antes posible.

1989 fue el año de su segunda llegada a México, aún como pionero. Fue necesario desarrollar una pastoral vocacional adecuada, para asegurar la implicación de cohermanos locales en la presencia guaneliana en América Central. Con su usual disponibilidad se lazó a esta empresa, dedicando otros siete años de su vida. Esta vez lejos de la gran metrópoli mexicana, en una prometedora zona de vocaciones porque era rica de fe, cerca de Puebla, a ciento cincuenta kilómetros al sureste de la capital.

Llegó a la periferia de la ciudad, estableciéndose en un primer momento en Amozoc, rodeado de gente sencilla, con los que enseguida estableció relaciones de amistad y colaboración. Luego se trasladó a Tepeaca, donde el entorno era más apto por espacios, por el verde, por la posición ni lejana ni demasiado cercana a la población, por la casa colonial, que se adaptó como vivienda de los cohermanos y de los jóvenes en discernimiento vocacional. La presencia de padre Pedro marcó la diferencia. La gente quedó fascinada por su sencillez, por su comportamiento humilde, por el modo en que vivía su relación con Dios. Y sobre todo por el fervor con el que expresaba los fundamentos de su espiritualidad personal: el amor a la Iglesia y a la eucaristía, la devoción a la Virgen Maria y a San Luis Guanella, forjados a lo largo de su vida y qué hora se encontraban con la madura perfección de sus sesenta años.

Los chicos empezaron a llegar, la comunidad se extendió y en un par de años adquirió una gran consistencia. Estos jóvenes necesitaban ser educados integralmente, "partiendo de cero", como decía padre Pedro. Sin embargo, con la paciencia de un verdadero educador, supo esperar, incluso a costa de llegar a tener algún que otro desacuerdo con sus colaboradores.

En realidad, de parte de los chicos y de las familias no había gran respuesta, partiendo de la ausencia de recta intención. Por ejemplo, fue difícil hacer comprender la distinción entre centro vocacional y simple instituto educativo. Sin embargo él siguió trabajando con gran empeño, hasta el punto que padre Pedro y el resto de cohermanos pensaron que desplazando el Centro vocacional a un ámbito urbano, en la ciudad de Puebla, habrían podido encontrar chicos más sensibles, más preparados, y además habría sido posible ofrecerles un centro de estudios adecuado en el seminario diocesano.

Los superiores aceptaron la propuesta y confiaron a padre Pedro el encargo de preparar un proyecto compartido y de mayor alcance. Fue difícil elegir la localidad, comprar el terreno, preparar los proyectos, entenderse con el ingeniero y seguir los trabajos... En definitiva fue una vuelta a Amozoc, sobre un terreno de periferia abierto a una panorámica estupenda. Hubo que esperar más de dos años para ver el fin de los trabajos y admirar una estructura bonita y funcional, no sólo para la acogida de chicos y jóvenes en discernimiento vocacional, sino también para grupos y cohermanos que hubieran deseado pausas de reflexión y oración. En definitiva también el seminario de los Siervos de la Caridad en México, titulado a Nuestro Señora de Guadalupe, tuvo que funcionar como centro de espiritualidad y difusión del carisma guaneliano. Padre Pedro, tras la inauguración, en el abril de 1995, comprendió que era mejor dejar a otros la dirección del nuevo curso de acontecimientos, planteándose una vuelta definitiva a Italia.

A él le bastaba dejar en heredad todo el trabajo y la alegría puestos en los años pasados a Tepeaca, un período de gran trabajo marcado sobre todo por su cotidiano empeño educativo, realizando una obra misionera de una evangelización plena, desarrollada desde la animación de toda la población con grandes iniciativas: congresos eucarísticos y mariano, ejercicios espirituales, retiros, días de formación para jóvenes y adultos, adoración eucarística semanal. Sujetos de evangelización fueron también algunos grupos de indios nativos afincados sobre la ladera montañosa que alza hasta tres mil metros para asomarse sobre el espléndido Golfo de México y sobre su perla turística de Puebla, la ciudad de Cancún. La visitas se programaban anualmente.

A Tepeaca, en particular, en el otoño 1994, nació un grupo especial de laicos que padre Pedro le presentó al superior general con este breve comunicado: "Después de haber participado en el Congreso mariano en Cancún, el 7-8-9 de octubre de 1994, y a algunos retiros formativas, en la Comunidad mariana de aquí (cinco parejas de esposos), ha surgido el deseo de constituirse en Comunidad guaneliana, con el permiso, ya obtenido, del obispo. Nuestro Fundador ha impactado sobre la comunidad que quiere vivir y trabajar en nuestro carisma. Ahora nos toca a nosotros orientarlos", Tepeaca, 30 marzo de 1995.

Históricamente nació la primera comunidad laical guaneliana-mariana. Fue una realidad original que se quiso diferencias de los Cooperadores. Estaría formada por matrimonios y no casados, unidos por promesa, con finalidades apostólicas puramente guanelianas, entre otras las de suscitar y cultivar la devoción al Virgen, trabajar por la promoción vocacional y favorecer la propia expansión. Padre Pedro, que desde hacía tiempo había gestado esta idea y se había dado que hacer para que fuese aprobada, recibió esta comunidad como una gracia que enriquecería la Delegación Guaneliana del Centro América que estaba en proceso de creación; y así escribía al superior general: "En la constitución de la Delegación pensamos que esta presencia laical, en un punto geográfico de mucho interés, será una bendición de Dios."

En Guatemala (1997-2001)

Mientras tanto padre Pedro en febrero de 1996 regresó a Italia. Iba a cumplir sesenta y siete años.

Fiel a su estilo, quiso que enseguida le fuera asignado un nuevo campo de trabajo. Entró de esta manera a completar el grupo de cohermano que partió en el septiembre de 1995 hacia San Ferdinando, en las cercanías de Gioia Tauro, para constituir la primera parroquia guaneliana en Calabria.

Allí colaboro por pocos meses, sólo hasta agosto; quizás ni siquiera tuvo tiempo de ambientarse. Por entonces corría la voz que el Consejo general hubiera aceptado la invitación del Secretario de la Conferencia episcopal de Guatemala, un sacerdote italiano, padre Antonio Bernasconi, hermano de una monja guaneliana, para dirigir hacia el pequeño estado centroamericano la siguiente tentativa de expansión. Los superiores iniciaron la búsqueda entre los cohermano misioneros para llevar a cabo dicha presencia. Por increíble que pareciese, apenas fue consultado, padre Pedro se ofreció de nuevo como pionero y, después de una rápida visita por las casas de México, llegó a Guatemala ya el 3 marzo del 1997.

Lo estaba esperando monseñor Julio Amílcar Bethancourt, obispo de la diócesis de Santa Rosa de Lima, erigida apenas un año antes, el 27 de abril de 1996, en los límites con la archidiócesis de Ciudad de Guatemala, la capital. Monseñor le entrego a padre Pedro la rectoría de la iglesia dedicada a la Inmaculada Concepción, en Chapas - Nueva Santa Rosa- zona con una población muy pobre, que vivía con las escasas rentas del solo cultivo del café.

Después de un breve período de adaptación, padre Pedro retomó el ritmo intenso que acostumbraba a emplear en su pastoral misionera, pero esta vez, indudablemente con mucha más fatiga, sea por la edad, ya cercano a los setenta, sea por el clima. La Providencia quiso que los superiores enviasen con él a un cohermano joven, padre Enrico Colafemina, apenas treintañero, al que padre Pedro pudo confiar la cura de la población diseminada por sobre las alturas de los alrededores, que para llegar hasta allí había que utilizar no caminos sino auténticas quebradas socavadas por el agua durante la estación de las lluvias. Encontraron también una pareja de esposos, Manuel y Moncha que facilitaron no poco aquellos inicios. En un primer momento los misioneros se hospedaron en su casa y sucesivamente, no teniendo a hijos, siguieron acompañándolos con todo tipo de atenciones y en cualquier necesidad.

Padre Pedro tuvo tiempo de festejar en Chapas la promoción a vice-parroquia de nuestra presencia y también tuvo la satisfacción de ver la construcción de los fundamentos y por lo tanto el inicio del Techo Fraterno para la acogida de chicos discapacitados de la zona, una obra él apoyó con todas sus fuerzas, para fuera signo visible de la caridad guaneliana en aquella tierra.

Pero a finales del Gran Jubileo del 2000, después de más de un trienio de permanencia en Guatemala, padre Pedro empezó dar señales de gran cansancio, tanto como para desear que los superiores lo volviesen a llamar cuanto antes a Italia. "No era necesario esperar nuestra iniciativa – le escribía el superior general - bastaba que nos hubiese llegado tu deseo […] De cualquier manera, creo que ya ha madurado la hora de decir basta. Dejo en tus manos la tarea de comunicar la decisión al superior de Delegación, como también la de establecer la fecha del regreso" (Roma el 31 de mayo de 2001).

Padre Pedro contesta: "Os doy las gracias por la atención manifestada hacia los cohermanos. Estoy preparándome para el regreso, que preveo a principios de agosto, después de haber solucionado las cosas más importantes" (Chapas el 25 de junio de 2001).

A su regreso se concretó una iniciativa que ya hacía tiempo que había propuesto a los superiores: la celebración de la Misa intercontinental cada 19 de diciembre. El día del cumpleaños del Fundador, todo el mundo guaneliano al mismo tiempo, en América a las 11:00, en Europa y África a las 15:00, en Asia a las 22:00, se reuniría en oración como gesto de común gratitud y unidad de toda la familia entorno al propio Padre. Y un regalo que su vivaz inventiva y su profunda fe nos han dejado como una invitación seguir expandiendo nuestro carisma de caridad por todo el mundo.

(Traducido del librito de don Nino Minetti “Don Pietro Scano. Una lunga fedeltà”)

OTRAS FOTOS DE RECUERDO

P Pedro acompañado de miembros de la Fundación para el Débil Mental (don Alejandro Gálvez con camisa azul) que nos invitó a venir a México. También están algunos de los superiores llegados de Italia y P Cosme que aún sigue por estas tierras.

Primeros frutos vocacionales en México tanto de las Hermanas como de los padres. Varios de esta foto en este momento son padrecitos, madrecitas, cooperadoras. En primera fila en el centro está Nella Baldini, de la Comunidad Reina de la Paz que P Pedro "fundó" y a su lado Conchita, actual cooperadora.

 

Celebración de los 35 años en Campo Hércules, en San Miguel Teotongo el 16 de diciembre de 2018

 

Sentados don Alejandro Gálvez y doña María Graham de Armida, miembros de la Fundación del Débil Mental y también de las Asociaciones que la Obra don Guanella creó para tener personalidad jurídica. En la foto también P Cosme, don Javier Gálvez, arquitecto de la Obra durante muchos años, P José Angel, actual ecónomo provincial y Lalo uno de nuestro "buenos hijos" de toda la vida.