El mayor consuelo que podemos tener en la tierra es el de hacer un poco de bien. (SLG)

Jean Vanier en la casa del Padre

Aprender de las personas con discapacidad 

En la madrugada del martes 7 de mayo moría en París Jean Vanier, fundador en 1964 de L’Arche (El Arca), una comunidad de acogida para personas con discapacidades mentales y activa en todo el mundo con más de 150 centros. Más tarde funda la asociación “Fe y Luz” que hoy cuenta con más de 1.420 comunidades en 86 países. Vanier tenía 90 años y estaba enfermo de cáncer. Aquí, con sus propias palabras, publicamos como inició esta aventura llamada “El Arca”. Este quiere ser nuestro homenaje a un hombre que hizo mucho por la discapacidad.

Llegué al pueblito francés de Trosly-Breuil en 1964. Allí me encontré con dos hombres a quienes habían herido mental y psicológicamente en su juventud. Fue allí donde me sentí llamado a abrir una pequeña casa para otros varones como ellos… y así fue como empezó la aventura de El Arca.

Viviendo con Raphaël, Philippe y otras muchas personas que se convirtieron en mis hermanos y hermanas, empecé a entender un poco mejor el mensaje de Jesús y su particular amor a los pobres de espíritu y a los empobrecidos y débiles de nuestra sociedad. Aprendí mucho de ellos y siento que es mucho lo que les debo, porque me mostraron lo que significa vivir con sencillez, amar con ternura, decir la verdad, perdonar, acoger con los brazos abiertos, ser humildes en la debilidad, mantener la confianza en medio de las dificultades, y aceptar las discapacidades y las dificultades con amor. Y de una manera misteriosa, en su amor me revelaron a Jesús.

Yo me había encontrado antes con Jesús. Él me había llamado de una carrera en la Marina a una vida de oración y estudio de la metafísica, una vida en la que disfrutaba viviendo sencilla y pobremente, abierto al Espíritu. Pero sólo cuando llegué a El Arca, me encontré y viví realmente con personas que eran despreciadas y rechazadas. Fue allí donde descubrí, también de una manera nueva, todas esas barreras que hay en mí mismo y me hacen despreciar y rechazar a otras personas que tienen formas de vivir y opiniones diferentes.

Fue allí donde descubrí los dos mundos que existen uno junto a otro: el mundo de las personas “normales”, que busca estatus social y están motivadas por ambiciones de eficiencia y riqueza, y el mundo “anormal” de los despreciados, los discapacitados, los “no adaptados”, ya sean presos, prostitutas o enfermos mentales.

Empecé a ver las profundas heridas causadas por la falta de compasión de las personas “normales” y “buenas”; empecé a sentir el miedo que parecía motivarlas.

Y entonces viajé a la India, donde pude abrir con algunos amigos una pequeña casa para personas discapacitadas. Allí descubrí la belleza, la grandeza, la nobleza y la sencillez de la cultura india. También vi, claro está, mucha pobreza. Pero quizá me impresionó más la pobreza interior en Occidente. Cuando regresé a Europa, me dolió profundamente el derroche de las riquezas, la dureza de los corazones y el materialismo egoísta de tantos países “desarrollados”.

Mientras estuve en la India, aprendí a amar a Gandhi, que es uno de los grandes profetas de nuestro tiempo. Su profundo amor a los desfavorecidos, especialmente a los intocables; su deseo de identificarse con ellos; su apertura al espíritu de Dios con el fin de convertirse en un instrumento de su paz; su deseo de unir a las personas, particularmente a las que profesan religiones distintas; su corazón universal; su profundo deseo de traer la paz al mundo; su visión de la pobreza y de la riqueza; todas estas cosas me atrajeron profundamente. Parecía que Gandhi seguía con plena autenticidad el Sermón de la Montaña y las bienaventuranzas, que fueron para él de muchas maneras la luz que lo guió. Lejos de separarme de Jesús, me parecía que Gandhi me acercaba más a él, me enseñaba mucho sobre su bondad y su ternura. Al parecer, la bienaventuranza de los mansos no era sino la profunda fuerza, la paz, la paciencia y la incesante bondad y amor a la no violencia, la ahimsa, sobre la que Gandhi habló con tanta frecuencia. Gandhi me ayudó a amar más a Jesús e infundió en mí el deseo de hacer que mi vida se pareciera más a la suya, especialmente en este ámbito de la lucha por la paz y la fraternidad universal. Y esta lucha sólo se puede vencer usando los medios del Espíritu: el amor, el don de sí y la bondad, sin agresión ni violencia. 

Jean Vanier, Escritos esenciales, pp. 63-65