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"De Belén viene la luz que ilumina el mundo, el pan que sustenta la vida de los hombres."  (don Guanella)

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LUIS GUANELLA: LLEVAR AL POBRE EN EL CORAZÓN

 

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1) Un Arca de Noé en Como.

Cuentan que en un caserón de Como-Italia, allá por 1892, sor Rosa andaba de acá para allá, azacaneando todo el santo día entre ancianos que contaban sus guerras, chiquillos que canturreaban la tabla de multiplicar, cándidas novicias que desafinaban el Pange Lingua, buonifigli (nombre cariñoso guaneliano para personas con discapacidad; literalmente ‘buenos hijos’) que pedían que les sonasen los mocos, pobres que aporreaban la puerta mendigando un plato de sopa, y tenderos o albañiles que gritaban, o blasfemaban, que se les pagase la factura pendiente.

Cuentan también que, en este mismo caserón, un cura, Luis Guanella, jugaba tranquilamente una partida de cartas con los abueletes, o se ponía a escribir la mar de tranquilo en medio de un ruido de juicio final, sabe Dios qué sermones o qué libros, u oía, como quien oye llover, la reclamación del tendero, o rezaba el rosario con un buonfiglio que contestaba a destiempo padrenuestros y avemarías.

No era mala sor Rosa. Refunfuñona, sí. Pero es que sólo ella parecía ser consciente de ese aire de catástrofe. Multiplicaba sus esfuerzos, pero “cuando teníamos pan para todos, faltaban platos, y cuando ya teníamos platos, faltaba el pan”.

“¡Esto es el caos -gritó sor Rosa, encolerizada”. Luis Guanella rió la gracia y añadió: “Esto parece el Arca de Noé”.La ocurrencia pareció graciosa a todo el mundo. La casa de Como sería conocida a finales del siglo XIX con el nombre de ‘El Arca de Noé’.

Al principio era el caos. Y ahora, gracias a Dios, un siglo después, las Casas de Don Guanella, presentes en 21 naciones y 4 continentes, siguen teniendo un no sé qué de maravilloso caos.

Pero ¿quién fue el iniciador de este estilo ‘arca-de-Noé’?

 

2) El niño que hacía panes de barro.

La infancia hubiera sido feliz en aquel hermoso Fraciscio, norte de Italia, de montañas y de nieves, de pastos y de vacas, de arroyos espumeantes y de flores alpinas. Mamá María amasaba la polenta, enseñaba el catecismo, encendía el fuego o movía la rueca con una dulzura que deshacía los hielos. Papá Lorenzo era la rectitud en persona, la honradez y la firmeza. Y, al llegar la noche, presidía el rezo del rosario y contaba las hazañas de Moisés o de Jesús. Y entonces, la dicha era perfecta. Pero no hay infancia sin peros y sin sombras. El trabajo en la montaña era extenuante. Y los niños veían volver del campo a los hombres con las espaldas curvadas por el peso del heno. Y muchos abandonaban el valle, con un hato de ropa y un pan duro, camino de la ciudad o de América, pero siempre con los ojos arrasados en lágrimas. En este valle vino a nacer Luis Guanellla en 1842. Y aquí compartiría estrecheces y alegrías con otros 12 hermanos. Lo que no compartió –y esa fue una sombra, un arrepentimiento y una vocación- sería su cucurucho de caramelos. Se lo había comprado un pariente el día de la fiesta del pueblo. Cuando llegó la hora de misa, Luisito corrió a esconderlo entre un montón de leña. Pero en ese preciso instante, oyó unas palmadas a su espalda. Volvió la cabeza y contempló a un indefenso anciano que extendía la mano, como pidiéndole un caramelo. Luisito, desconcertado, se apresuró a esconder su botín. Pero cuando alzó la vista, el anciano había desaparecido.

Al día siguiente, con su hermana Catalina, volvió a su juego preferido: hacer panes de barro y polenta de arena. Y aunque, con ingenuidad, se decían el uno al otro: “De ma­yores haremos los panes de trigo y la polenta de maíz, y se los daremos a los po­bres.”, Luisito sabía que había negado a un pobre anciano sus caramelos preferidos. Y esto le escocía el alma y le ponía como ceniza en la boca.

Mil travesuras vendrían después y mil juegos: saltar el torrente Rabbiosa, con sus consabidos remojones, o subirse en marcha a la diligencia del correo, con sus caídas y magulladuras. Pero también obedecer a la primera cualquier recado de la vecina, o quedarse a cargo de un pequeñuelo cuando la madre tenía que recoger el maíz… y hasta una “ensoñación o visión dulcísima” el día de su Primera Comunión, cuando la Virgen, de forma misteriosa y nebulosa, le indica un camino a seguir. Un camino que Luis sólo podrá desbrozar y recorrer muchos años después.

Ya desde niño, a Luisito le entró el gusanillo de hacerse sacerdote. Un buen día, con el mejor humor del mundo, su padre le dijo que había conseguido una beca para estudiar en Como. Pero, nada más llegar al Colegio, las órdenes a golpe de silbato, el no oír la dulce voz de la madre, la falta de achuchones de los hermanos, le encogieron el corazón. Y se sintió “como un pajarillo de los Alpes al que, sin ton ni son, lo han encerrado en una jaula”.

Pero la nostalgia no pudo nunca con el sentido del deber que le habían inculcado en casa. Estudiaba y estudiaba, aunque con las matemáticas no podía. Quizás era un presentimiento. Años más tarde, cuando fundara casas y más casas, tampoco le cuadrarían las cuentas: un convencimiento nada matemático le aseguraba que lo que se parte y comparte no necesariamente disminuye. Menos mal que siempre hay algún profesor de manga ancha: “Anda, aprueba al Guane­lla con un cinco; total, va a ser cura”.

En estos años calientes, marcados por la unificación de Italia y por un an­ticlericalismo emergente, se iba forman­do el carácter del seminarista Luís Gua­nella. Y él, curioso por naturaleza, todo lo quería saber, todo co­nocer. Su lema era “estudiar, estudiar, estudiar”.

Tampoco era una rata de biblioteca, enfrascado en su torre de marfil. El sufri­miento también estaba en el seminario. Un compañero suyo contrajo una enfer­medad contagiosa que le llevaría a la muerte. Luis, desoyendo recomendacio­nes de prudencia, hizo de enfermero, prodigándole mil cuidados. En 1866, en el palacio episcopal de la ciudad de Como, Luis Guanella era ordenado sacerdote.

 

3) Muchos años persiguiendo un sueño.

Luis escribió en la jornada de su ordenación: “Quiero ser espada de fuego en el ministerio santo. Quiero ser sal de la tie­rra”. A los pocos días, inició su apostolado en el pueblecito de Prosto. Conoce bien el ambiente y sabe cuáles son las necesidades. Cerca del 80 por 100 de la población es analfabeta. Los campesinos siguen labrando sus cua­tro tierras de la forma más irracional.

En un santiamén, organiza una escuela nocturna, para que los adultos puedan aprender a leer, a escribir y a hacer cuatro cuentas. Pero no se conformó con eso: invitó a los campesinos a rotar los cultivos; les ayudó a canalizar el agua desde un manantial, iniciando así una serie de mejoras que aumentarían la producción de hortalizas. Estaba decidido a ayudar a las gentes de su valle y más decidido aún a llevar las almas a Dios: encaminó a la vida consagrada a unas cuantas jóvenes, provocando la oposición de los anticlericales que pronto dieron la voz de alarma: “Si no paramos los pies a este cura, nos llena el valle de frailes y monjas”.

Una tarde, don Guanella se acercó a una de las casas más míseras del pueblo y descubrió, horrorizado, el cuerpo de un discapacitado que, arrinconado, le miraba con ojos implorantes y febriles. Sintió compasión. Una compasión que en seguida transformó en caridad: lo acompañaría unos días después a la casa que en Turín tenía Benito Cottolengo. Sintió admiración por la obra de este buen hombre. También en esta ciudad, conoció la obra de Don Bosco y decidió hacer una experiencia de vida comunitaria con los salesianos. La admiración fue mutua. Don Bosco lo quería en su obra, pero Don Luis sentía, allá en sus adentros, una voz interior que le invitaba a hacer algo por un camino diferente. En cierto modo, aquel discapacitado le había hecho comprender cuál era su misión.

Empezó a perseguir un sueño: ‘Hacer una ‘choza’ para los pobres de mi valle’. Pero la incomprensión, las burlas y los insultos le empezaron a amargar la existencia. Hasta el propio obispo desconfiaba de este cura impetuoso, con demasiados pájaros en la cabeza. Y un buen día, le destinó a Olmo, un pueblecito en el confín del mundo. Es decir, le mando al destierro.

Fue aquí, en este apartado pueblo, abandonado por todos, cuando Luis se sintió amado y querido por un Dios al que desde ese momento consideraría como su verdadero padre. En la noche oscura, Dios había sido su caricia y su compañero de camino.

 

4) Una patria tan grande como el mundo.

El destierro no duró mucho. Poco después, fue enviado a Pianello Lario. Y allí entró en contacto con un grupo de mujeres deseosas de hacer el bien, pero necesitadas de guía. Para don Guanella, amanecía y ‘por fin había sonado la hora de la misericordia’.

Tenía 42 años cuando en la ciudad de Como fundó su primera casa. Una casa grande y abierta a todas las pobrezas. Auténtica ‘arca-de-Noé’ que salvó del diluvio de la miseria y de la indignidad a huérfanos, ancianos, niños pobres, buonifigli, analfabetos, mujeres trabajadoras y solas…

Luego vendrían más casas y más fundaciones, porque “no podemos cruzarnos de brazos mientras haya pobres que socorrer”. Fundó en Milán, donde la salvaje industrialización ‘producía’ pobres lo mismo que tornillos. Fundó en Roma, corazón de la Iglesia Católica, donde trabaría amistad con el Papa Pío X. La defensa ardiente y la lealtad intachable a la Iglesia y al Papado, le valdrían ácidas críticas y dolorosas persecuciones.

Pero este hombre, imaginativo, tenaz, sabía que hay pobrezas también allá donde no se atiende el espíritu y la dignidad de la persona. Así, levantó una capilla católica en la protestante suiza. Así, cruzó el charco y se plantó en los Estados Unidos, para ocuparse de los emigrantes que ‘vivían y morían como animales”. Así, dio una lección a todos, subrayando la valía de los que tantos consideran inútiles ‘subnormales’. Fueron ellos los que con picos y palas, con tesón y cariño, bonificaron un lugar malsano e inhóspito e hicieron surgir un vergel y un pueblo: Nuevo Olonio.

Con paciencia, con su palabra, con sus escritos, sobre todo con su testimonio, Don Guanella iba enseñando a sus seguidores que en sus casas todos tenían que sentirse como en familia, es decir mutua fraternidad y ayuda mutua. Todos debían preocuparse por el bien material y espiritual del otro, eficazmente resumido en su ‘undécimo mandamiento’: “Dad pan y Señor en abundancia”. Asimismo, quería que su sistema educativo estuviera basado en el método preventivo que “consiste en arropar y envolver a las per­sonas con amor, para alejar cualquier pe­ligro de caída o de tropiezo y así condu­cirlas por el camino del bien”.  Y por ello, a tiempo y a destiempo, insistía en que la “educación es obra del corazón”.

Quería abarcar a todo el hombre y a todos los hombres. Por ello, al final de su vida instituyó la Pía Unión de San José, una asociación que comprometía a sus afiliados a rezar cada día por los que llegan al final de la existencia. Muy pronto, en todos los países católicos, millones de personas se unieron a esta permanente campaña de plegarias. Causa desgarro aún asomarse a los libros de registro y leer los nombres de miles y miles de soldados que, durante las dos guerras mundiales, y desde todos los frentes, pedían inscribirse en esta Asociación.

 

5) Llevar en el corazón a los más pobres.

La vida de Don Guanella estaba llegando a su fin, pero un último esfuerzo no le sería ahorrado. Con las pocas fuerzas que le quedaban, el intrépido montañero se personó en medio del paisaje desolador que un terremoto había dejado en el sur de Italia. Era su canto de cisne.

Poco después, a orillas del lago de Como, en la primera casa que había fundado, su vida se apagó. Era el año de 1915. A lo largo de 73 años había acumulado un patrimonio precioso que brevemente podríamos resumir así: la certeza de que Dios es padre y madre para cada uno de nosotros, y que, mediante su providencia, prevé y provee nuestra radical pobreza y pequeñez. La consciencia de que todo ser humano, independientemente de sus cualidades y aptitudes, puede acoger el corazón sólo o enfermo del otro y hacer que se sienta como en casa. La seguridad de que sólo si llegamos a satisfacer las necesidades materiales a la par que las espirituales, el pobre puede alcanzar su plenitud y su total manera de ser y de estar como ser humano en el mundo. Dos congregaciones religiosas: Hijas de Santa María de la Providencia y Siervos de la Caridad, y un Movimiento Laical recogían en ese instante, como una preciosa herencia, ese valioso patrimonio. Y se lanzaban, a ejemplo del Fundador, por los caminos de Dios, cercanos y lejanos, convencidos de que “el mundo entero es vuestra patria”.

El ‘cura samaritano’ Luis Guanella fue beatificado en 1964. La canonización llegará este próximo octubre. Pero, muy probablemente, él no elegiría ninguna de estas celebraciones como el momento más importante de su ‘gloria’, sino otra fecha: el 8 de diciembre de 1965. En ese lejano día, un discapacitado (¡un ‘buonfiglio’!) de la casa guaneliana de Roma recogió, en nombre de todas las personas que sufren, el mensaje de los padres conciliares que en esa jornada clausuraban solemnemente el Concilio Vaticano II.

Un instante congelado: Pablo VI abraza a Felice y le susurra al oído “os llevo en el corazón”. Era la misma expresión que durante toda su vida Don Guanella había intentado inculcar a sus seguidores: “Llevad en el corazón a los más pobres de cuerpo y de mente”.

 

Juan Bautista Aguado

Última actualización el Lunes, 19 de Noviembre de 2012 00:14