YOOtheme
Carta a mi mamá Angela Imprimir E-mail

que se acaba de ir al cielo.

Querida mamá:

No te imaginas la alegría que siento al saber que ya estás en el cielo, que ahora ves todo con tanta claridad y que entiendes lo que hay en mi corazón y en el de mis hermanos.

¡Cuántos sueños se te cumplen ahora! Ese viaje a México que tanto anhelabas, ese milagro de vivir sin enfermedad ni dolor, tu cercanía con Dios, dejar de sufrir por tanta injusticia de este mundo… etc.

Te imagino cantando junto a san Antonio una de tus canciones preferidas; bailando una jota con tu esposo frente a la Virgen del Olmar; recorriendo con don Guanella tantos lugares donde se vive su caridad; jugando tu partida a las cartas con Enriqueta y tus otras amigas de la Cistérniga; de tertulia con Modesta, Pili o y otro sinfín de amigas que te han precedido.

Seguro, seguro que estarás disfrutando de la compañía de tu querida abuela María, de la que tantos recuerdos de infancia y juventud nos has contado, y con ella pasearás por las calles del querido pueblo de Torre de Peñafiel hasta llegar a la ermita, con fe y devoción, para cantarle la Salve a la Virgen del Olmar y volar a tus sueños de juventud.

  De allí con tus 25 años cumplidos, la providencia te llevó hasta Canalejas de Peñafiel, donde a los pies de la Virgen de la Asunción, un 6 de noviembre de 1954, dijiste un “sí te quiero” a tu esposo Julio y fruto de ese amor, estamos hoy aquí tus hijos, como un don maravilloso. Carlos, Andrés, Gaspar, María de los Ángeles y Julia.

Fueron años de dedicación plena a nuestro crecimiento, años de esfuerzo y trabajo para darnos unos valores y un futuro digno. ¡Cuántos recuerdos de esos años guardamos en nuestro corazón¡ Contigo aprendimos el Padrenuestro, contigo descubrimos el amor de Dios y pudimos recibir a Jesús en nuestra primera comunión, tú nos enseñaste a cantar a la Virgen María y desgranar nuestro primer rosario; junto con papá nos estrenamos en el esfuerzo y la responsabilidad, con vosotros aprendimos a convivir y a jugar.

A vuestro lado nos sentíamos seguros, felices y, cuando volvíamos a casa por vacaciones desde el colegio, porque quisisteis darnos a todos unos buenos estudios, nos esperabas con la ternura de una madre. Hasta donde llega mi memoria, mis hermanos me ayudarán en lo que digo, no recuerdo haber recibido nunca una bofetada de ti; sabías conducirnos por el camino del bien con suavidad y sobre todo, con el ejemplo.

Ahí se forjaron nuestros sueños futuros y mucho de lo que hoy somos vuestros cuatro hijos. Cuatro, porque el quinto, de nombre Gaspar, murió tan pequeño, con solo cinco meses, que supimos de él por lo que nos habéis contado.

La familia deja el pueblo animado por el hermano de nuestro papá, empleado en la FASA donde le ofrecía trabajo, y así fue como dejamos Canalejas para irnos a vivir a la ciudad de Valladolid. En ese año viviste una experiencia de la que siempre nos has hablado con entusiasmo: tus primeras vacaciones a Galicia con otra familia en coche.

Mientras tanto, tu salud, querida mamá se resentía, aunque nunca tiraste la toalla. Años más tarde, yo solía repetir el refrán: “Mujer enferma, mujer eterna” y ahí están tus casi 90 años para testificarlo. Sin embargo, papá, el hombre sano y fuerte, que nunca se echó atrás en el trabajo y el esfuerzo se ve vencido por un cáncer fulminante que nos lo arrebató de nuestro lado cuando tan solo tenía 53 años y empezaba a disfrutar de una nueva vida en la ciudad de Valladolid. Era un 15 de mayo de 1977.

Nunca lo olvidaré. Yo estaba preparándome para mi viaje a Roma y no lo podía creer. Nunca he terminado de comprender cómo pudiste tu sola, mamá, sacar adelante a la familia. Aunque yo ya dependía de la Congregación, mi hermano mayor estaba haciendo el servicio militar y mis dos hermanas aún andaban estudiando.

Y fuimos volando, uno tras otro de aquel nido confortable. Yo a Roma pocos meses después, Carlos poco más tarde a Alcalá, una vez aprobadas sus oposiciones de maestro, Mariángeles al comenzar su nueva vida de casada y te quedaste por un buen tiempo con Julia, tu hija pequeña, hasta que también ella voló hasta Valencia con su prometido. Sólo durante las vacaciones pudimos gozar de tu presencia.

Y fuimos llenando tu corazón de alegrías. La primera, mi ordenación sacerdotal en Palencia un 16 de mayo de 1981. Ha sido siempre tu orgullo decir a todos que “ese que está diciendo la misa es mi hijo”.

Una segunda alegría fue tu viaje a Italia con tus dos hijas, creo que fue en el verano del 83. Conocer los lugares de don Guanella, el lago de Como, Venecia, Roma. Siempre nos recordabas aquella anécdota al entrar en la plaza San Pedro para la audiencia papal, cuando la policía detectó en tu bolso unas tijeras de costura que una amiga italiana te había regalado días antes.

Otra alegría fue la boda de tu hijo Carlos en la maravillosa Colegiata de Santa María de Calatayud (Zaragoza) y la llegada de tu primer nieto Alberto que parecía un ángel bajado del cielo.

Y luego la boda de Mariángeles con bautizo incluido del pequeño Alberto, acompañados por tu hermano sacerdote Isaías y toda la familia. Dos nietos más, Álvaro y Sergio te harían sentir la alegría de ser abuela.

Finalmente se casó Julia, tu hija pequeña y con ella, otros dos nietos, Ismael y Alfonso. Solo se quedó sin cumplir tu sueño de tener una nieta.

Y tus viajes hasta Valencia y Petrer (Alicante), Zaragoza, Santander, Playa de Haro y a otros lugares se fueron multiplicando. Empezaba tu época viajera. De cocinera en los campamentos de Salcedillo a partir del año 88, donde conociste a tu buena amiga Modesta y por Palencia conociendo a los chicos y chicas de nuestro centro de rehabilitación “Villa San José”. Años más tarde, cuando yo me fui al barrio de San Blas en Madrid, allí estuviste conociendo y disfrutando de nuevos amigos de nuestra parroquia de San Joaquín.

¡Cómo no recordar nuestro viaje a las Canarias, junto con padre Teo y su mamá para celebrar los 25 años de religiosos allá por el año 2000!

Aquel cuarto piso (que era como un quinto por la altura) sin ascensor, del barrio de las Delicias de Valladolid, donde viviste 34 años te iba pasando factura poco a poco. Así que empezamos a buscar un piso con ascensor, cerca de tu hija Mariángeles que vivía en La Cistérniga.

Y en el año 2000 empezaste tu nueva etapa, que fue en muchos aspectos como un volver a tu vida en el pueblo. Recuerdo el día que, durante la misa, te presenté a la gente y enseguida se acercaron las abuelas de la tercera edad para saludarte e invitarte a sus grupos. En un abrir y cerrar de ojos ya estabas totalmente integrada, sobre todo después de aquella cena con baile a la que nos invitaron. A partir de ahí, talleres, partida a las cartas, excursiones, incluida una a conocer nuestro centro guaneliano de Villa San José de Palencia. ¿Recuerdas? Hasta ejercitaste tu saber para enseñar a algunas a leer y escribir y, cómo no, tus artes en el bordado. No hay casa de amigo que no tenga en la pared un reloj o una cafetera bordada con tus manos. Las hermanas de la comunidad religiosa que viven en el pueblo te abrieron sus puertas y se hicieron tus amigas. En especial sor Teresa con quien tantos sentimientos compartiste.

Pero lo mejor estaba aún por llegar. La providencia me llevó en el año 2001 a África, primero a Nigeria y más tarde al Congo. Y tú, mamá, siempre me habías dicho cuánto te gustaría poder verme aunque fuera tan solo por el agujero de una cerradura. Y sin pensártelo dos veces y a pesar de tus 76 años y de no poder ya caminar sola, te lanzaste a la aventura de visitar a tu hijo que se encontraba en Nigeria.

Acompañada por tu hija Julia y por tus amigos Bautista y padre Alfonso, llegaste al corazón de África, ante la admiración de la tripulación de vuelo, que no terminaba de comprender tu osadía. ¡Qué experiencia inolvidable! ¡Qué hospitalidad te brindaron los africanos, respetuosos de la ancianidad cómo nadie! ¡Cuánto cariño diste y recibiste de nuestros “buenos hijos”, como los llamaba don Guanella! Tú repetías las únicas palabras que aprendiste: thank you en inglés y su correspondiente en Igbo: I meela.

Cuando parecía que aquel viaje era el final de una etapa, te decides, con 78 años a las espaldas y una salud precaria, a venir al Congo, esta vez acompañado de tu amiga Pili y de tu inseparable Bautista, quien como sabes, ha escrito unas palabras iluminadoras recordando estos viajes.

Allí experimentaste la muerte cercana cuando una hipoglucemia te dejó sin habla y sin aliento. ¡Cuánto debemos a esas dos enfermeras amigas que te acompañaron en esos momentos! Llevabas un tiempo cuidando tu glucosa con pastillas y alimentación escrupulosa y qué sorpresa la de tu médico de cabecera, cuando al volver del Congo, constató que estabas bien y te suprimió aquellas pastillas.

Sé que nunca se ha borrado de tu memoria la visita que hicimos a la casa de las monjitas de madre Teresa, donde contemplaste la muerte que se apoderaba de esos niños enfermos de SIDA.

Y volviste de estos dos viajes con el corazón y las maletas llenas de rostros, de historias y de recuerdos que aún hoy adornan las paredes de tu casa, convirtiéndola en un museo africano.

Transcurría tu vida, entre recuerdos y achaques, y a veces, yo creo que para no darnos trabajo, decías que para qué te tenía Dios aún sobre esta tierra. No faltaba tu cita con la ruleta o el pasapalabra de la televisión, pero eras más amante de la buena compañía de la radio y de los libros y revistas que nunca te faltaban. Especialmente “Las razones…” de Martín Descalzo. Y la novena al hermano Rafael al que fuiste conociendo en tus viajes a la Trapa.

Vaya susto el que viviste cuando se cayó el techo del salón. Por suerte estabas en la cocina, y pudiste contárnoslo. O cuando varias veces, te atragantaste con la comida y corríamos al hospital...

Tu hija Mariángeles, ahí estaba cada día a tu lado, para ayudarte en lo que fuera necesario, traerte algún medicamento o simplemente para ver cómo iban tus bordados.

Hubo un momento que cambió tu vida. Fue esa caída en la noche donde te fracturaste el hombro derecho. Desde entonces perdiste tu autonomía y tuvimos que optar por buscar una persona que te ayudase. Fue Fátima tu compañera de día y de noche, disfrutando con ella del paseo irrenunciable del atardecer. Tú la enseñaste el arte del ganchillo.

Y aunque más veces habías manifestado tu deseo de ir a una residencia, llegó el momento de dar el paso con 88 años. Elegiste la mejor residencia, una que ya conocías porque allí residía una amiga que más veces habías ido a visitar. Pocas gestiones y a finales de agosto después de unas vacaciones por Alicante, ingresaste en la Casa de la Beneficencia. Nueva vida, nuevos amigos, nuevos horarios, comida triturada, rosario y misa diaria, paseos de mañana o tarde acompañada de tu infatigable hija, que no se iba satisfecha sino te arrancaba una sonrisa y una canción. Y tus piernas empezaron a flaquear, tu memoria a fallar y como una vela que se acaba te fuiste consumiendo. No quisiste irte sin despedirte de tus cuatro hijos. Agradezco infinitamente el detalle de esperar a que llegará del lejano México.

Tu rostro expresaba una calma y ternura indescriptible. Estabas serena porque sabías muy bien adonde ibas y quien te estaba esperando. El Señor te concedió una muerte apacible y sin dolor.

Como la gallina clueca, reúne entorno a sí a sus polluelos, nos mantuviste y nos seguirás manteniendo unidos. Es tu petición silenciosa y lo hemos entendido. Es el regalo último que te prometemos. Tu casa, ahora nuestra casa, disponible para todos, será el vínculo de nuestra hermandad.

Desde el cielo, sigue cuidando de nosotros con ternura y espéranos… No te decimos adiós, sino hasta luego.

Última actualización el Viernes, 30 de Noviembre de 2018 04:14