Cuando la Providencia nos abre un camino, no hay tiempo que perder; hay que darse prisa y seguir en el camino. (SLG)

El dogma de la humildad

En un mundo de perdida fraternidad

Hubo un momento en que muchos pensaron que Europa estaba a punto de perecer bajo los borceguíes de las tropas alemanas. Como las fichas de un dominó, una tras otra, las naciones se ponían de rodillas ante los ejércitos que desfilaban bajo las banderas de la esvástica. Apenas han transcurrido 6 años entre la invasión de Polonia en septiembre de 1939 y la explosión de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1965, pero Europa y el Mundo están irreconocibles.

La Segunda Guerra Mundial ha dejado millones de muertos, millones de hambrientos, millones de vidas aplastadas para siempre, ciudades en ruinas, y una certeza compartida: el ser humano nunca había llegado a tanto en su inhumanidad y vileza Uno de esos “retrocesos” de la humanidad de los que habla José Antonio Marina, pues no sólo ha cambiado Europa o el Mundo, el propio concepto de ser humano se ha trastocado. ¿Se puede hablar de proceso moral, de belleza en el arte, de compasión en los corazones, después de Auschwitz o Hiroshima?

Por encima de los sentimientos religiosos de los habitantes de Europa se habían impuesto las ideologías totalitarias e inhumanitarias. En la noche más oscura de Europa, los creyentes, como Job, habían pedido cuentas: “¿Dónde estás, Dios?” Hasta la misma pregunta sobre Dios o sobre el hecho religioso parecía no tener sentido. De nada habían servido a los creyentes sus plegarias y sus oraciones para impedir que los demonios destrozasen a su antojo la querida civilización cristiana europea.

Al día siguiente de la Liberación, Europa y el Mundo emprenden el camino de la ardua reconstrucción. Los católicos, aún cabizbajos y llorosos, elevan de nuevo su mirada al cielo, implorando protección y ayuda. Desde este Valle de Lágrimas, se multiplican las oraciones y las iniciativas religiosas, como un pegamento eficaz para unir lo que la Guerra ha roto. La Santa Sede desea reunir a los cristianos a los que la guerra había dispersado por trincheras y lagers. Es ente clima de anhelo por olvidar la guerra y reconstruir Europa, tiene lugar, en 1950, la proclamación por parte del papa Pío XII del Dogma de la Asunción.

El propio Pontífice es consciente de esta hora dramática: “A este mundo sin paz, atribulado por la desconfianza, las divisiones, los contrates, lo odios, por causa de una fe debilitada y casi apagado el sentido del amor y de la fraternidad en Cristo, con todo nuestro fervor suplicamos a María Asunta al Cielo que devuelva a nuestros corazones el afecto en los corazones de los hombres. Que nunca prevalezca el mal que nos haga olvidar que todos somos hermanos e hijos de una misma Madre, María”.

Desde hacía siglos el pueblo había creído en la Asunción de María a los cielos. Los teólogos habían reflexionado, los poetas lo habían cantado y los artistas habían recogido el tema en formidables pinturas y en hermosas esculturas que presidían otros tantos retablos. Muchas catedrales e iglesias llevaban a la Asunción como titular; muchas mujeres se llamaban así. Pero faltaba el marchamo del Obispo de Roma.

Un fraile en la estación Termini de Roma

A muchos kilómetros de Roma, concretamente en el convento de Barza, el fraile cocinero da vueltas y vueltas a una sopa a la que sobra agua y faltan fideos. Es en ese momento cuando ve entrar por la puerta de la cocina a su superior. Un hecho no habitual que augura una regañina por algún descuido o alguna queja por las insípidas albóndigas de mediodía. Pero nada de eso. Simplemente, le transmite una orden tajante de D. Leonardo Mazzuchi, Vicario General de la Congregación, que le urge a dejar pucheros y cazuelas, a hacer la maleta y a presentarse en Roma porque allí le espera la ‘obediencia”. Faltan apenas dos días para que termine el mes de octubre de 1950.

Al mediodía del 31 de octubre, un tren procedente de Milán está a punto de entrar en la estación Termini de Roma. Entre los cientos de pasajeros, se encuentra el hermano Juan Vaccari. Acaba de llegar a Roma, pero aún no sabe en qué consiste la famosa obediencia. Tampoco él ha pedido explicaciones. Pero durante el viaje, Juan Vaccari ha pensado que, probablemente, le manden a una casa para personas con discapacidad o a un asilo de ancianos, para cuidarlos e incluso para hacer la comida. Tal vez lo manden de sacristán a alguna de las parroquias. No ha estado nunca en Roma, e ir a la capital le hace especial ilusión: allí está el Santo Padre, allí está la Basílica de San Pedro, allí están las catacumbas de los primeros mártires, allí está el corazón de la Iglesia y el corazón de la cristiandad. Además, al día siguiente, eso sí que lo sabe, el Papa Pío XII proclamará con toda la solemnidad de su Magisterio el dogma de la Asunción de María a los Cielos. Él ya se imagina caminando, como un peregrino más, por las calles de Roma hasta alcanzar la Plaza de San Pedro. Él ya se ve arrodillado para recibir la bendición papal. Su corazón se inflama de devoción a María. Contento como un niño baja del tren. Y allí en la misma estación le comunican que su nueva misión será servir de criado al cardenal Clemente Micara, vicario del Papa para la ciudad de Roma. Le acompañan al suntuoso Palacio de la Cancillería, uno de los palacios más importantes del renacimiento romano.

En el palacio de la Cancillería

Sin transición alguna, el hermano Juan pasa de los humildes fogones de Barza a los magníficos salones de la Cancillería. Asustado y algo tembloroso, sube la escalera regia del Palacio, pasa a través de las ricas estancias hasta llegar a los aposentos del cardenal. Ni se ha fijado en los frescos de los techos, ni en las alfombras de los suelos, ni en las lámparas, los tapices, los cuadros, las mesas de mármol, los sillones de todos los estilos. Es consciente de su propia pequeñez y de su propia torpeza. ¿Qué hace él en este palacio? Si a él lo que le pega es el mandilón y pelar patatas, fregar marmitas, buscar de tienda en tienda unos kilos de arroz.

No pega ojo en su primera noche. Aunque en un palacio, a él le asignan una pequeña estancia, debajo de una escalera, ni demasiado luminosa ni demasiado espaciosa. Ni en sus más locos sueños, se hubiera imaginado que le mandarían a servir en los aposentos de un cardenal. Ha intentado rezar, desgranar una avemaría tras otra, pero se distrae, tal vez por el miedo, tal vez por su propia incompetencia. ¡Qué va a saber él de palacios, qué va a saber él de cardenales! Se alza antes de que amanezca. Y se queda de pie en el pasillo ante la puerta de su habitación. Finalmente pasa un mayordomo y le dice que puede dirigirse al oratorio, porque la misa privada del cardenal va a empezar. Todo es nuevo para él. Altivos y engolados ayudantes de cámara siguen la eucaristía. En el desayuno, no da pie con bolo, y no sabe si tomar una rebanada de pan o una fruta, un poco de mermelada o unas nueces.

En un pasillo espera, nervioso e inquieto, que alguien le diga algo. El cardenal se dirige a un grupo de sirvientes y, con dulce familiaridad, les dice que saldrán para San Pedro dentro de una hora, que preparen todo, y que la fecha requiere la máxima solemnidad. Cuando pasa delante del hermano Juan, el cardenal, sin prestar atención y sin mirarle a los ojos le dice: “usted quédese aquí limpiando mis habitaciones”. “Sí, mi eminencia”, y se inclina todo lo que puede. Se siente rústico y paleto, totalmente inútil para la etiqueta y el protocolo. No sabe ni dónde se sitúan las copas ni los cubiertos, no sabe de jerarquías y prelaciones, no sabe de títulos ni dignidades.

Limpieza en las estancias del cardenal

Le entregan un cepillo y un recogedor, un cubo y trapos, lejía y cera y le muestran las habitaciones privadas del cardenal: un dormitorio, un baño, un estudio con su biblioteca, una salita de recibir, un comedorcito. Sus pies de campesino se enredan en las alfombras, teme abrir los grifos, no sabe cómo limpiar el polvo a tanto cuadro, figuras, adornos, floreros, lámparas, relojes, libros, fotografías con papas, príncipes, cardenales, embajadores, políticos. No sabe el nombre de los fotografiados, sólo distingue la figura de Pío XII. Poco después, desde la ventana que da al imponente patio central, ve el cortejo cardenalicio que se pone en marcha: ayudantes en librea, mayordomos, chófer, aristócratas, monseñores, y al cardenal en capa magna, como un príncipe renacentista, imponente en sus vestiduras. Le deslumbra la calidad de las telas, el esplendor del pectoral, las pantuflas recamadas, el roquete de puntilla, la larga cola que un sirviente sostiene.

Todos se han marchado. El hermano Juan, no. El palacio silencioso no parece albergar a nadie. En el patio se pone en marcha el cortejo de varios automóviles negros y brillantes. Él se arremanga para limpiar el lavabo y la taza, la ducha y el bidé. Pasa suavemente el cepillo para no estropear las alfombras, limpia el polvo de estanterías cargadas de libros, de decenas de figuras, de marcos con gente importante fotografiada, coloca las sillas desordenadas, recoge las ropas en el vestidor, vuelve a dar un repaso y a sacar el brillo de muebles de maderas nobles, a estirar cortinas y visillos. ¿Estará todo en orden? ¿Le gustará al cardenal? Siente una angustia que crece en su estómago.

Un repique atronador de campanas en Roma

En ese momento, oye una campana en lejanía, luego otra, una más, y, al final, campanas por doquier, todas las campanas de la ciudad voltean, repican jubilosas con diferentes tonos y timbres. Solo entonces cae en la cuenta de que en esta mañana el Papa Pío XII acaba de proclamar el dogma de la Asunción de María a los Cielos. Sí es eso: esta alegría de todos los templos de Roma es por el dogma. Siente un malestar general y un mareo le obliga a apoyar la espalda contra una pared, nota que las lágrimas pugnan por abrirse paso, respira anhelante. Finalmente, explota en llanto.

El mundo entero está ahí congregado a pocos metros, y él ha sido excluido. A pocos metros se ha desarrollado un hecho histórico para los creyentes, pero él no ha podido unirse. Siente la humillación crecer en su pecho, la frustración en su abdomen, la angustia en su alma. ¿Es esta la Roma en la que él deseaba poner los pies? El Papa, los cardenales, los obispos, las autoridades, los representantes extranjeros, los embajadores, los fieles devotos han llenado la Plaza de San Pedro, y él, a pesar de vivir tan cerca de donde se ha desplegado la Historia, ¡él estaba con un cepillo y un plumero en la mano!

Siente el corazón intranquilo y humillado. Él pensaba honrar a María y honrar al Papa con su presencia devota en Plaza de San Pedro. Y, mira por dónde, se encuentra como un niño castigado al que no se ha permitido ir a la fiesta. Son apenas unos segundos, pero ¡qué sufrimiento! Poco a poco retoma el avemaría en sus labios, poco a poco su corazón se acompasa y la respiración coge su ritmo acostumbrado. “Tú lo has querido, María. Fiat Semper”. ¿Qué locos pensamientos le habían asaltado cuando le enviaron a Roma? ¿Qué vanidad se había apoderado él? ¿Qué insensatez había anidado en su pecho? Las campanas siguen repicando y llegan hasta sus oídos. “Fiat semper, oh María”. Y con en este “fiat”, su corazón se aquieta. “Que siempre se haga tu voluntad, Señor”. Ya no hay reproche, ya no hay frustración. El espíritu de obediencia crece. Es consciente de su propia pequeñez. ¿Quién es él, sino un simple criado, un pobre fraile de la limpieza, un mero esclavillo que tiene que obedecer con prontitud la voz del amo? Por primera vez en Roma, el hermano Juan toma conciencia de su insignificancia. Con María, repite “Fiat Semper”. Lo repite una y otra vez, hasta que su alma recobra la paz y la serenidad. Solo en ese momento se da cuenta de que el repique alegre de las campanas romanas son una invitación a la alabanza a María, a la gloria a Dios, a la alegría por la Bienaventurada Virgen María Asunta al Cielo.

Fiat Semper, oh María

Va al oratorio. Ante la imagen de la Virgen María se arrodilla. Para quien acepta la voluntad de Dios, arrodillarse es la única manera de estar en el mundo. “Tú lo has querido, oh María”. Esta es su oración en una mañana para la Historia de la Iglesia Católica. Sus labios ya están listos para la alabanza y el agradecimiento. Y solo ahora es capaz de sentirse en paz consigo mismo, en paz con el cardenal que le ha ordenado quedarse aquí y no le ha invitado a unirse al cortejo para ir a San Pedro. Ha aprendido la lección. Y ha tomado buena nota de la enseñanza que la vida le ha dado.

Aquel 1 de noviembre de 1950 en la Historia de la Iglesia Católica será recordado siempre por la definición del dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los Cielos. Sin embargo, para aquel pobre e insignificante fraile recién llegado a la Ciudad Eterna, ese primero de noviembre será siempre el día en que tomó conciencia de la importancia de la humildad para mantener la serenidad interior y la alegría de corazón. Ser humilde a toda costa, ser humilde en toda ocasión, en toda circunstancia y con toda persona… será una tarea de cada día y de todos los días de su vida. En la vida del Hermano Juan Vaccari, el 1 de noviembre de 1950 es una fecha fundacional. El comienzo de un camino espiritual que se presenta no exento de dificultades, pero al mismo tiempo no exento de dulzuras. Por delante, le aguardan 15 años en este palacio de la Cancillería. Tendrá tiempo para ejercitarse. De momento, las campanas lentamente apagan su repique: ¡el dogma de la humildad!